El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
día de descanso; puesto que insistes, mañana pondrás a prueba tu habilidad con el arado. Mientras el rey hablaba con Jasón, una hermo- sa joven, desde detrás del trono, no apartaba la vista del desconocido, y escuchaba con atención todas sus palabras; cuando Jasón se retiró de la presencia real, no dudó en seguirlo fuera de la estancia. -Soy la hija del rey -le dijo-, y me llamo Medea. Mis conocimientos son muy superiores a los de otras princesas, y puedo obrar prodigios que ellas temerían incluso imaginar. Si confías en mí, te mostraré cómo amansar a los fieros toros, cómo sembrar los dientes del dragón y cómo conseguir el vellocino de oro. -Hermosa princesa -se apresuró a contestar el príncipe-, si en verdad me prestas ese servicio, te estaré eternamente agradecido. Y, al contemplar a Medea, reconoció un rostro de asombrosa inteligencia. Era una de esas personas cuyos ojos están llenos de misterio,
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