El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
-Aquí descansaremos -dijeron algunos niños- mientras el primo Eustace nos cuenta otros de sus hermosos cuentos. El primo Eustace tenía tanto derecho a estar cansado como cualquiera de los chiquillos, porque había llevado a cabo grandes hazañas en aquella mañana memorable. Trébol, Za- nahoria, Mimosa y Campanilla estaban casi convencidos de que tenía unas zapatillas con alas como las que las ninfas dieron a Perseo, pues muchas veces lo habían visto en lo alto de la copa de un nogal casi en el mismo ins- tante en que acababan de verlo en pie en el suelo. ¡Y entonces, qué chaparrones de nue- ces había hecho llover sobre sus cabezas, para que las atareadas manecitas las recogiesen en los cestos! En una palabra, se había mostrado tan ligero como una ardilla o un mono y ahora, tumbado sobre las hojas amarillas, parecía dis- puesto a descansar un poco. Pero los niños no tienen piedad ni considera- ción para el cansancio ajeno y, aunque no os
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