El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
pasaban como flechas los pececillos nadando de un lado a otro; corría luego cuesta abajo, como si tuviese mucha prisa por llegar al lago; olvidándose de mirar por dónde iba, tropeza- ba con la raíz de un árbol que se atravesaba en su corriente. Os habríais reído si le hubierais oído hacer ruido y echar espuma contra el inesperado obstáculo. Y aun después de ha- berlo superado seguía el agua hablándose a sí misma, como si estuviera perpleja. Supongo que estaba maravilladísima al ver su cañada umbría tan iluminada y oír la charla y la alegría de tantos chiquillos. Así que corría lo más de- prisa que podía para esconderse en el lago. En la cañada de Arroyo Umbrío, Eustace Bright y sus amiguitos se habían detenido para comer. Habían traído muchas cosas ricas de Tanglewood dentro de sus cestillos y las ha- bían dispuesto sobre troncos caídos y cubier- tos de musgo, y con los exquisitos manjares y mucha alegría habían hecho una comida deli- ciosa. Al terminar, ninguno quería moverse.
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