El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

-Así es -afirmó el rey, esbozando una siniestra sonrisa-. Tus palabras encierran una gran ver- dad, Jasón. Sin embargo, existen otros peligros incluso mayores, antes de que puedas tener el privilegio de que te devore el dragón. En pri- mer lugar, tendrás que amansar a los dos toros con patas y pulmones de bronce que Vulcano, el maravilloso herrero, hizo para mí. Tienen un horno en cada uno de sus estóma- gos, y arrojan tanto fuego por sus narices y bocas, que nadie ha podido jamás acercarse a ellos sin morir carbonizado al instante. ¿Qué piensas de todo esto, bravo Jasón? -Es un peligro al que debo enfrentarme -res- pondió el joven sin perder la compostura-, puesto que es un obstáculo en mi camino. -Después de amansar a los feroces toros -con- tinuó el rey Eetes, que se había propuesto ate- morizar a Jasón, de ser esto posible-, tendrás que ponerles un arado y labrar la tierra sagra- da del bosquecillo de Marte. Y sembrarás allí alguno de los dientes del dragón con los que

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