El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
beza y despellejarle que de ser devorado por él de un solo bocado. En cualquier caso, aun- que mis hombres decidan regresar, jamás vol- veré a ver Grecia, si no es con el vellocino de oro. -¡Ninguno de nosotros te abandonará! -grita- ron sus cuarenta y nueve compañeros-. Suba- mos ahora mismo a bordo de la galera y, si terminamos sirviendo de desayuno al dragón, ¡que le aproveche! Y Orfeo (que tenía la costumbre de convertir en música cualquier situación) empezó a tocar maravillosamente el arpa, y a cantar con su hermosa voz, y todos sintieron que no había nada más admirable en este mundo que lu- char contra un dragón y nada más honroso que ser engullido de un bocado, en el peor de los casos. Guiados por aquellos dos príncipes que tan bien conocían el rumbo, los argonautas nave- garon velozmente hacia la Cólquide. Cuando el rey Eetes se enteró de su llegada, ordenó lle-
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