El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

joven y todavía no había alcanzado la fortaleza ni la estatura que le caracterizarían, pues, de lo contrario, él solo lo habría puesto a flote, con la misma facilidad con que un niño pone su barquito en un pequeño estanque. Sin em- bargo, ahí tenemos a esos cincuenta héroes, empujando con todas sus fuerzas, con el ros- tro congestionado, sin lograr que el Argo se mueva siquiera un centímetro. Finalmente, se sentaron exhaustos a la orilla del mar; y, des- consolados, pensaron que tendrían que aban- donar la nave, que se pudriría allí mismo, y cruzar el mar a nado o perder para siempre el vellocino de oro. De pronto, Jasón recordó el milagroso masca- rón de proa de la galera. -¡Oh, hija del oráculo de la Encina! -gritó-. ¿Cómo podríamos llevar la nave hasta el agua? -¡Sentaos! -respondió la figura (que sabía desde el principio lo que debían hacer, y solo esperaba que se lo preguntaran)-. ¡Sentaos! Coged vuestros remos y dejad que Orfeo

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