El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
era astrónomo y conocía el manejo del com- pás. Linceo, gracias a su asombrosa vista, ocupó el puesto de vigía de proa; y, aunque era capaz de avistar lo que ocurría a un día de navegación, normalmente era incapaz de ver lo que tenía ante sus narices. Si el mar era sufi- cientemente profundo, Linceo les hablaba de las rocas o de los bancos de arena que allí se encontraban; y a veces gritaba a sus compañe- ros que estaban navegando sobre increíbles tesoros hundidos (que, por el simple hecho de contemplarlos, la verdad es que no le enrique- cían). Pero, para ser sinceros, casi nadie creía en sus palabras. Cuando los argonautas, como fueron denomi- nados los cincuenta intrépidos jóvenes, habían hecho todos los preparativos para el viaje, sur- gió un imprevisto que estuvo a punto de des- baratar sus planes. Hay que tener en cuenta que el navío era tan largo y ancho y pesaba tanto, que la fuerza de los cincuenta hombres no era suficiente para empujarlo hasta el agua. Supongo que Hércules era demasiado
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