El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

mada Atalanta, que había sido criada en las montañas por una osa. Y tenía un paso tan li- gero que podía andar saltando de la espumosa cresta de una ola a la espumosa cresta de otra, sin apenas mojarse la suela de sus sanda- lias. Había crecido de forma salvaje, y hablaba constantemente de los derechos de las muje- res; y es innegable que prefería cazar o ir a la guerra que quedarse tejiendo. Sin embargo, en mi opinión, los dos hombres más extraordi- narios de tan famosa compañía eran los dos hijos del Viento Norte (jóvenes etéreos y bas- tante fanfarrones), pues tenían alas en los hombros y, cuando el viento estaba en calma, hinchaban los carrillos y soplaban, levantando una brisa casi tan fresca como la de su padre. Tampoco olvidaré a los profetas y hechiceros, puesto que había varios entre la tripulación, y podían predecir lo que ocurriría al día siguien- te, o cien años después, aunque generalmente no eran demasiado conscientes de lo que su- cedía en el momento. Jasón confió a Tifis el timón de la nave, porque

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