El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
aventureros empezaron a movilizarse. Algunos ya se habían enfrentado a gigantes, y habían acabado con la vida de terribles dragones; y los más jóvenes e inexpertos, que aún no ha- bían tenido tanta suerte, se avergonzaban de no haber tenido la oportunidad de cabalgar a lomos de una serpiente voladora, o de clavar sus lanzas en la Quimera, o, por lo menos, de introducir su brazo derecho hasta el fondo de la garganta de un monstruoso león. Era evi- dente que tenían muchas posibilidades de vivir las más emocionantes aventuras antes de encontrar el vellocino de oro. Tan pronto como pulieron su escudo y su yelmo, y se ciñe- ron su leal espada, acudieron en masa a Iolco, y subieron a bordo de la nueva galera. Salu- dando a Jasón, le aseguraron que estaban dis- puestos a morir por tan noble causa, y que re- marían hasta los confines de la tierra, e incluso más lejos, si así lo deseaba. Quirón, el pedago- go cuadrúpedo, también había educado a mu- chos de aquellos audaces aventureros, que co- nocían el valor de Jasón desde la infancia. El
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