El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
-No es necesario que lo hagas, Jasón -dijo una voz, que, a pesar de su suavidad, le recordó al gigantesco árbol de Dodona-. Cada vez que necesites un buen consejo, acude a mí. Jasón estaba mirando el rostro de la estatua cuando se oyeron estas palabras. Pero no podía dar crédito a sus oídos ni a sus ojos. Los labios de madera se habían abierto, y parecía evidente que de ellos había surgido la miste- riosa voz. Recuperándose de su asombro, el joven príncipe recordó que el mascarón de proa había sido tallado en la rama del oráculo de la Encina, por lo que resultaba natural que pudiera hablar, y no había nada sorprendente en ello; habría sido mucho más extraño que careciera de dicha facultad. Y se creyó real- mente afortunado de poder llevar consigo aquella rama llena de sabiduría, pues sin duda estaba a punto de emprender un largo y peli- groso viaje. -Dime, maravillosa imagen -exclamó Jasón-, puesto que has heredado la sabiduría del
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