El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

a susurrar, como si fuera la única mecida por el viento. -¡Corta esta rama! -pareció responder-. ¡Corta esta rama! ¡Corta esta rama! Y conviértela en el mascarón de proa de tu nave. Obedeciendo las órdenes de tan extraña voz, Jasón cortó la rama con su espada. Y pidió a un escultor de la región que tallara el masca- rón de proa. Se trataba de un artesano bastan- te habilidoso, que se había encargado ante- riormente de algunas obras parecidas, con fi- guras que pretendían ser femeninas, muy se- mejantes a las que actualmente vemos en el bauprés de las naves, con esos grandes ojos fijos, que jamás pestañean cuando la espuma los salpica. Sin embargo, aquel escultor tuvo la extraña sensación de que un poder invisible guiaba su mano, infundiéndole una destreza mucho mayor de la que habitualmente tenía; asimismo, sus herramientas tallaban una ima- gen que él jamás habría soñado esculpir. Cuando la obra estuvo terminada, resultó ser

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