El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
lenguas parlotearan al mismo tiempo (ya que cada hoja parecía hablar con voz propia). Pero el ruido aumentó en amplitud y profundidad, como si fuera un tornado, que convirtió en una sola voz los miles y miles de pequeños su- surros que cada una de las verdes hojas pro- ducía al agitarse. Y en aquel momento, a pesar de que continuaba oyéndose un viento hura- canado entre las ramas, una profunda voz, que hablaba con toda la claridad que uno po- dría esperar de un árbol, exclamó: -Ve a visitar a Argos, y ordénale construir una galera de cincuenta remos. Y la voz pareció desvanecerse poco a poco entre el rumor de las hojas, hasta que dejó de oírse del todo. Y Jasón se preguntó si aquellas palabras las habría oído realmente o serían solo fruto de su imaginación. Pero cuando pre- guntó a los habitantes de Iolco por un hombre llamado Argos, estos le respondieron que vivía en aquella ciudad y era un hábil constructor de navíos. Esto le mostró que la Encina tenía
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