El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

elevaba a trescientos metros del suelo, y pro- yectaba una inmensa y tupida sombra sobre más de un acre de tierra. En esa sombra y mi- rando las entrelazadas ramas de verdes hojas y el corazón misterioso del viejo árbol, el joven príncipe empezó a hablarle, como si se dirigie- ra a una persona oculta entre su espesura. -¿Qué debo hacer para conseguir el vellocino de oro? -inquirió. Sus palabras fueron seguidas de un profundo silencio, no solo a la sombra del oráculo de la Encina, sino en todo aquel bosque solitario. Un poco más tarde, sin embargo, las hojas de la gigantesca encina empezaron a agitarse y a susurrar, como si una suave brisa las meciera; entretanto, los demás árboles habían enmu- decido. El susurro fue haciéndose cada vez más inten- so, hasta convertirse en el rugido de un venda- val. Y el joven tuvo la sensación de que empe- zaba a distinguir unas palabras, aunque sin duda confusas, pues era como si un sinfín de

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