El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
sino también de niños, vestidos con sus mejo- res galas, y disfrutando de un día de fiesta. La multitud se hizo más numerosa al acercarse a la orilla del mar; y por encima de las cabezas, Jasón divisó una humareda que se elevaba en el cielo azul. Preguntó a uno de aquellos hom- bres dónde estaba y por qué había tantas per- sonas reunidas. -Este es el reino de Iolco -le contestó-, y somos los súbditos del rey Pelias. Nuestro monarca nos ha convocado para que veamos cómo sacrifica un toro negro a Nep- tuno, quien según dicen es su padre. Allá a lo lejos, donde se ve aquella espiral de humo, se encuentra el altar. Y mientras respondía a sus preguntas, no cesa- ba de mirar a Jasón con curiosidad; pues su vestimenta era muy diferente de la de los ha- bitantes de Iolco, y era sin duda muy extraño, en aquellas tierras, ver a aquel joven con una piel de leopardo sobre los hombros y una lanza en cada mano. Asimismo, Jasón se dio
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