El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

te, buen Jasón, y que mi bendición te acompa- ñe. Y, cuando te sientes en tu trono, recuerda a aquella pobre anciana a la que ayudaste a cruzar el río. Y, con estas palabras, se alejó cojeando, mien- tras le sonreía por encima del hombro. Quizá fuera el brillo de sus hermosos ojos os- curos, que parecían iluminar todo lo que les rodeaba, pero el joven creyó ver algo noble y majestuoso en su figura y, a pesar de cojear como si padeciera reuma, andaba con la gracia y dignidad de una reina. El pavo real, que se había bajado de su hombro, la seguía conto- neándose con fastuosa pompa, al tiempo que desplegaba su magnífica cola para que Jasón la admirara. Cuando la anciana y el pavo real desaparecie- ron de su vista, el joven reanudó su viaje. Tras recorrer una larga distancia, llegó a una ciudad al pie de una montaña, no muy lejos de la costa. En las afueras, encontró a una gran mu- chedumbre, no solo de hombres y mujeres,

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