El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

En aquellos momentos, Jasón no tenía tiempo para preguntar lo que había dicho el oráculo de la Encina; pero la seguridad con que la an- ciana pronunció aquellas palabras no hizo sino animarle. Y lo cierto es que, desde que llevaba a aquella desconocida a hombros, se sentía más fuerte y poderoso que nunca. En lugar de hallarse extenuado, su fuerza parecía aumen- tar a medida que avanzaba; y, luchando contra la corriente, logró alcanzar la otra orilla, pisó tierra firme, y depositó a la anciana y a su pavo real sanos y salvos sobre la hierba. Y fue entonces cuando contempló con desconsuelo su pie descalzo, en el que solo quedaba un resto del cordón dorado colgando del tobillo. -No pasará mucho tiempo antes de que consi- gas un par de sandalias más hermosas -afirmó la anciana, mirándole amablemente con sus bellos ojos oscuros -. Cuando el rey Pelias descubra tu pie descal- zo, te prometo que su rostro palidecerá. Ahí está el camino que debes tomar. Sigue adelan-

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