El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
mos sanos y salvos la otra orilla. Y rodeó con sus brazos el cuello del joven, que levantándola del suelo, se adentró audazmen- te en aquel torbellino de espuma, y empezó, tambaleante, a alejarse de la ribera. Entretanto, el pavo real fue a posarse sobre el hombro de la anciana. Las dos lanzas que lle- vaba Jasón en sus manos le impidieron trope- zar, ayudándole a encontrar el mejor camino entre las rocas ocultas; pero lo cierto es que a cada instante creía estar a punto de caer, y se veía arrastrado por la corriente, como aquellos árboles que iban a la deriva, y aquellos cadá- veres de ovejas y vacas que flotaban por todas partes. El gélido torrente descendía por la escarpada ladera del Olimpo, rugiendo y tronando como si odiara profundamente a Jasón, o tuviera el firme propósito de arrebatarle el peso que lle- vaba sobre sus hombros. A mitad de trayecto, el árbol arrancado de raíz (que ya os he men- cionado), separándose de las rocas que le im-
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