El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
Y, diciendo estas palabras, la anciana tanteó con su bastón el fondo del río, buscando el lugar más seguro para dar el primer paso. Y Jasón se avergonzó de no haberle prestado ayuda. Sintió que, si a aquella débil criatura le ocurría algún percance mientras luchaba con- tra la corriente, jamás podría perdonárselo. El buen Quirón, fuese o no medio caballo, le había enseñado que el mejor uso que podía hacer de su fuerza era socorrer a los indefen- sos; asimismo le había aconsejado que tratara a las mujeres jóvenes como a hermanas, y a las ancianas como a una madre. Recordando aquellos consejos, el hermoso y robusto joven se arrodilló, rogando a la buena mujer que se subiera a sus espaldas. -No creo que sea nada seguro cruzar -señaló-. Pero, como tus asuntos son tan apremiantes, trataré de llevarte hasta la otra orilla. Si la co- rriente te arrastra, correré la misma suerte. -Eso sería un gran consuelo para los dos -ex- clamó la anciana-. Pero no temas, alcanzare-
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