El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
ño en sus ojos, tan oscuros como los de un buey y sumamente grandes y hermosos, y el joven fue incapaz de apartar su mirada de ellos. La anciana llevaba una granada en la mano, aunque había terminado ya la temporada de esta fruta. -¿A dónde te diriges, Jasón? -preguntó enton- ces. Era evidente que sabía su nombre; y aquellos enormes ojos parecían conocer tanto el pasa- do como el futuro. Mientras el muchacho la contemplaba, apareció un pavo real, que se colocó al lado de la anciana. -Voy a Iolco -respondió el joven-, para pedirle al rey Pelias que abandone el trono de mi padre y me deje reinar en su lugar. -Si eso es lo único que tienes que hacer -afir- mó la anciana con voz cascada-, no es necesa- rio que te apresures. Llévame a cuestas, buen muchacho, y ayúdame a cruzar el río. Yo y mi
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