El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

-Y eso que has dicho de que solo tenían un diente -observó Siempreviva- no es ningún prodigio. Supongo que sería postizo. Pero ¿qué es eso de haber convertido a Mercurio en Azogue y de hablar de su hermana? ¡Es una ridiculez! -¡Ah! ¿No era hermana suya? -preguntó Eusta- ce-. Si se me hubiese ocurrido antes, la habría descrito como una solterona que tenía un búho favorito. -Bueno -dijo Siempreviva-; al final, con el cuento se ha desvanecido la niebla. En efecto, mientras iba contando el cuento, los vapores habían desaparecido del paisaje casi del todo. Ahora se descubría un panorama que los espectadores casi podían figurarse que había sido creado desde la última vez que ha- bían dirigido sus ojos hacia donde ahora se ex- tendía. A medio kilómetro de distancia, en el regazo del valle, aparecía ahora un hermoso lago que reflejaba una imagen perfecta de sus propias orillas cubiertas de bosque y de las

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