El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

do observar cuando, al salir el sol de la maña- na, una luz dorada va cubriendo el paisaje con destellos luminosos. -¿Me está desobedeciendo la tierra? -exclamó indignada-. ¿Pretende acaso ser fértil, cuando yo le he ordenado que sea estéril hasta que Proserpina vuelva a mis brazos? -Pues abre tus brazos, querida madre -gritó una voz familiar-, y recibe en ellos a tu peque- ña hija. Y la niña llegó corriendo, y se abalanzó sobre el regazo de su madre. Es imposible describir la inmensa alegría que las embargó. El dolor causado por su separación les había hecho de- rramar muchas lágrimas; y ahora vertían mu- chas más, pues su dicha no podía expresarse de otra manera. Cuando sus corazones se serenaron un poco, la madre Ceres miró ansiosamente a Proserpi- na. -Hija mía -preguntó-, ¿comiste algo en el pala-

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