El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

comió sin parar todo el día, y se levantó a me- dianoche para seguir haciéndolo. Pero puedo aseguraros que fue un período muy trabajoso para los labradores, pues el ve- rano se les echaba encima a toda velocidad. Tampoco debo olvidar contaros que los pája- ros de todo el mundo empezaron a saltar de un árbol a otro, posándose sobre las ramas floridas, y sus trinos y sus gorjeos alcanzaron un prodigioso éxtasis de alegría. La madre Ceres había regresado a su desierta casa y esperaba desconsolada en el umbral, con la antorcha encendida en la mano. Llevaba unos instantes mirando la llama distraídamen- te cuando, de repente, esta vaciló y se apagó. “¿Qué querrá decir esto? -pensó-. Era una an- torcha encantada, y tenía que haber seguido ardiendo hasta que mi niña hubiera vuelto”. Y, alzando la cabeza, se sorprendió al ver un repentino verdor que avanzaba por los pardos y secos campos, como vosotros habréis podi-

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