El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

cosas amables habría sido capaz de decir al desconsolado rey de las minas si Azogue no le hubiera metido tanta prisa. -Vamos, rápido -le susurró al oído-, o su ma- jestad puede cambiar su soberana opinión. Y ten cuidado, sobre todo, de no hablarle de lo que venía en la bandeja dorada. En unos instantes, cruzaron la gran puerta de entrada (dejando al perro de tres cabezas la- drando, gruñendo y aullando por partida triple tras ellos) y salieron a la superficie de la tierra. Era maravilloso ver, a medida que Proserpina avanzaba, cómo el camino reverdecía a su paso. Allí donde ponía su bendito pie, surgía al instante una flor bañada de rocío. Las violetas brotaban a lo largo del camino. La hierba y los granos empezaron a crecer y a engordar con una fuerza y una exuberancia diez veces mayor, como si quisieran compensar los tris- tes meses en los que la tierra había sido esté- ril. Y el hambriento ganado empezó a pastar inmediatamente después de su largo ayuno, y

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