El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
-Tampoco era tan absurda -susurró Proserpi- na-. A veces me he divertido mucho contigo. -Gracias -exclamó el rey Plutón, más bien seca- mente-. Puedo ver con bastante claridad que consideras mi palacio una oscura prisión, y a mí, el guardián con un corazón de hierro. Y todo ello sería cierto si te retuviera aquí por más tiempo, mi pobre niña, cuando hace seis meses que no pruebas bocado. Te concedo la libertad. Ve con Azogue. Corre a casa de tu querida madre. Y en ese momento, aunque os parezca increí- ble, Proserpina no pudo despedirse del rey Plutón sin sentir remordimientos, y también cierto pesar por no haberle contado lo de la granada. Incluso llegó a verter una o dos lágri- mas, pensando lo solo y triste que le iba a pa- recer su inmenso palacio, con aquel desagra- dable resplandor de luz artificial, después de que ella, el pequeño rayo de sol natural, que Plutón había robado porque significaba tanto para él, se hubiera marchado. No sé cuántas
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