El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
que estaba mordisqueando alguna cosa a es- condidas. En cuanto al honrado Plutón, nunca adivinó el secreto. -Mi pequeña Proserpina -dijo el rey, tomando asiento y acercando cariñosamente a la niña a sus rodillas-, aquí está Azogue, que me cuenta los grandes infortunios que han recaído sobre inocentes personas por haberte retenido en mis dominios. A decir verdad, ya había refle- xionado sobre el hecho injustificable de tener- te separada de tu bondadosa madre. Pero, por otra parte, mi querida niña, debes compren- der que este enorme palacio tiende a ser bas- tante tenebroso (aunque las piedras preciosas sean muy resplandecientes), y mi naturaleza no es precisamente jovial; por ello, era natural que buscara la compañía de una criatura más alegre que yo. Creí que ibas a jugar con mi co- rona y que me elegirías, ¡ah, te ríes, pícara Proserpina!, sí, a mí, un ser tan lúgubre, como compañero de juegos. Era una absurda espe- ranza.
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