El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
ción posible en el palacio de Plutón. Era la pri- mera fruta que había visto allí, y seguramente sería la última; y, si no se la comía inmediata- mente, aún se arrugaría más, y habría que ti- rarla. “Por lo menos, la oleré”, pensó Proserpina. Cogió la granada y se la acercó a la nariz pero, por alguna extraña razón, al hallarse tan cerca de la boca, la fruta encontró su camino para entrar en aquella pequeña y rosada cueva. ¡Ay de mí! Pero ¿qué estoy haciendo? Y antes de que Proserpina se diera cuenta, sus dientes la habían mordido por su cuenta y riesgo. Justo en aquel momento, se abrió la puerta del apartamento y entró el rey Plutón, seguido por Azogue, que había estado apremiándole para que dejara en libertad a su prisionera. Cuando los oyó entrar, Proserpina se sacó la granada de la boca. Pero Azogue (que tenía ojos de lince y el ingenio más sutil del mundo) se dio cuenta de que la niña estaba un poco confusa; y, viendo la bandeja vacía, sospechó
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