El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

trasera del palacio, nuestro amigo Azogue subía por la escalera principal, con la misión de rescatar a Proserpina. En cuanto Proserpina vio la granada, mandó al servidor que se la llevara. -No la pienso probar -aseguró-. Aunque estu- viera muy hambrienta, jamás comería una gra- nada tan ridícula y seca como esa. -Es la única que hay en el mundo -insistió el sirviente. Y, depositando sobre la mesa la bandeja de oro con el fruto reseco, abandonó el cuarto. Cuando se quedó sola, Proserpina no pudo evitar acercarse un poco y mirar aquel espéci- men con impaciencia; porque, a decir verdad, al ver algo que entraba dentro de sus gustos, notó que el apetito, que la había abandonado durante seis meses, le volvía de repente. Era ciertamente una granada con un aspecto de- plorable, y parecía no tener más jugo que el de una concha de ostra. Pero no había elec-

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