El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

mi madre, o alguna fruta de su jardín. Cuando Plutón oyó esto, empezó a darse cuenta de que se había equivocado de método para tentar a Proserpina. Los exquisitos platos preparados por el cocinero no eran ni la mitad de deliciosos, en la acertada opinión de la niña, que la sencilla comida a la que su madre Ceres la había acostumbrado. Extrañado por haber tardado tanto en comprenderlo, el rey envió a uno de sus más fieles servidores con una gran cesta a recoger las más jugosas peras, los más sabrosos melocotones y las me- jores ciruelas que pudiera encontrar en el mundo superior. Pero esto ocurrió cuando Ceres había prohibido que los vegetales y las frutas crecieran, y, tras buscar por toda la tie- rra, el criado de Plutón apenas encontró una sola granada, tan reseca que no merecía la pena comerse. No obstante, como no había otra cosa, la llevó al palacio y, colocándola en una magnífica bandeja de oro, se la ofreció a Proserpina. Y dio la casualidad de que cuando el criado entraba con la granada por la puerta

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