El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
tón, inclinando su sombrío rostro para besarla; pero Proserpina se echó hacia atrás, alejándo- se de él, pues sus rasgos no solo eran nobles, sino también muy oscuros y siniestros-. Bueno, la verdad es que no me lo merezco, después de tenerte prisionera tantos meses, y, además, sin probar bocado. Pero ¿no estás te- rriblemente hambrienta? ¿Puedo traerte algo para comer? Tras estas palabras, el rey de las minas escon- día un astuto propósito; porque, como recor- daréis, si Proserpina probaba algún alimento en sus dominios, nunca más volvería a ser libre para abandonarlos. -No, por supuesto que no -se apresuró a res- ponder Proserpina-. Tu cocinero jefe está siempre asando, tostando, extendiendo la masa con el rodillo e inventando un plato tras otro, que imagina que serán de mi agrado. Pero ese pobre hombrecillo tan rechoncho po- dría ahorrarse el trabajo. No tengo apetito, y solo comería una rebanada de pan hecha por
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