El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
tremo del salón-. ¡Oh, mis dulces violetas!, ¿es que no volveré a veros jamás? Y se deshacía en llanto. Pero las lágrimas de los jóvenes tienen poca sal y acritud, y no in- flaman tanto los ojos como las de las personas mayores; así es que no debe extrañarnos que, unos instantes después, Proserpina se entre- tuviera jugando en el salón, casi tan contenta como cuando lo hacía en la cresta de la ola con las cuatro ninfas marinas. El rey Plutón la contemplaba, y deseaba con toda su alma ser un niño como ella. Y la pequeña Proserpina, al darse la vuelta y ver a aquel poderoso rey en medio de su espléndida sala, con aquel aire tan distinguido, triste y solitario, sentía remor- dimientos de conciencia. Y un día se le acercó corriendo y, por primera vez en toda su vida, colocó una de sus suaves y pequeñas manos sobre él. -Te quiero un poco -susurró, mirándole a los ojos. -¿De verdad, mi querida niña? -exclamó Plu-
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