El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

que parecía esconderse entre las innumera- bles columnas, deslizándose por delante de la niña cuando deambulaba entre ellas o pisán- dole los talones con gran sigilo. Todo el fulgor de las piedras preciosas, que brillaban con luz propia, no valía lo que el resplandor natural de un rayo de sol; ni las gemas multicolores más relucientes, que tenía Proserpina como jugue- tes, podían rivalizar con la sencilla belleza de las flores que ella solía recoger. Sin embargo, cuando la niña andaba por aquellos aposentos y salones dorados, parecía llevar consigo el sol y la naturaleza, como si fuera esparciendo a su alrededor flores bañadas en rocío. Con su lle- gada, el palacio dejó de ser la residencia de majestuoso artificio y sombría magnificencia que había sido antes. Todos los habitantes eran conscientes de ello, y el rey Plutón más que ningún otro. -Mi pequeña Proserpina -solía decir-, desearía gustarte un poco más. Las personas melancóli- cas y sombrías tenemos a menudo un corazón tan tierno, aunque no lo manifestemos, como

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