El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
conservarse al mismo tiempo rellenita y son- rosada es algo que no puedo explicar; pero al- gunas jóvenes, según me han contado, tienen la facultad de vivir del aire, y supongo que eso es lo que debió ocurrir con Proserpina. En cualquier caso, hacía seis meses que había abandonado la faz de la tierra y los sirvientes aseguraban que ni un solo bocado había pasa- do entre sus dientes. Esta actitud era más que encomiable, puesto que el rey Plutón la había tentado día tras día con toda clase de frutas confitadas, dulces y manjares variados, que tanto suelen gustar a los jóvenes. Pero su buena madre la había advertido a menudo de lo nocivas que eran esas comidas para la salud; por eso, aunque no hubiera existido otra razón, jamás las habría probado. La verdad es que en todo aquel tiempo, como era una niña alegre y vivaz, Proserpina no se había sentido tan desdichada como podríamos pensar. El inmenso palacio tenía mil aposen- tos, y estaba lleno de maravillosos objetos. Es cierto que había una constante penumbra,
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