El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
pequeñas huertas y bancales de los labradores estaban igualmente arruinados. Los macizos de flores que cuidaban las niñas no tenían más que tallos secos. Los mayores movían su blan- ca cabeza, y afirmaban que la tierra había en- vejecido como ellos y ya no era capaz de ale- grar su rostro con la cálida sonrisa del verano. Era patético ver a las pobres y hambrientas vacas y ovejas detrás de Ceres, mugiendo y balando, como si su instinto les indicara que podían recibir ayuda de ella; y todo el mundo que estaba al corriente de sus poderes le su- plicaba que tuviera compasión de la raza hu- mana, y, en todo caso, dejara crecer la hierba. Pero la madre Ceres, a pesar de su naturaleza bondadosa, se mostraba inexorable. -¡Jamás! -exclamaba-. Si la tierra quiere alguna vez recuperar su verdor, tendrá primero que crecer a lo largo del camino que Proserpina tome para regresar a mi lado. Finalmente, como no parecía haber otro re- medio, nuestro amigo Azogue fue enviado ur-
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