El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
joven príncipe que pareció hallar cierto con- suelo al dolor que le embargaba por la pérdida de su amada Proserpina. Sin embargo, al no tener ya nada en que ocuparse, volvió a ella el antiguo desasosiego. Finalmente, llevada por la desesperación, tomó una decisión terrible: no permitiría que creciera ningún grano, tallo o brizna de hierba, ni una patata, ni un nabo, ni ningún otro vegetal para hombres o anima- les, hasta que su hija le fuera devuelta. Incluso prohibió que las flores brotaran, pues no deseaba que nadie pudiera alegrarse con su hermosura. Ni una sola punta de espárrago se atrevió a asomar de la tierra sin el permiso de Ceres; de modo que ya podéis imaginar lo desastroso que resultó todo aquello para nuestro planeta. Los labradores araban y plantaban como siem- pre, pero los ricos y fértiles surcos estaban yermos, tan secos como desiertos de arena. Los pastos se veían tan pardos en el dulce mes de junio como lo estaban en el gélido noviem- bre. Los amplios sembrados de los ricos y las
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