El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
gorgona! -¡Ah, canalla, cobarde! -gritó el pue- blo, más furioso que nunca-. Se está burlando de nosotros. No tiene la cabeza de la gorgona. Enséñanosla si la has traído, y si no te cortare- mos la tuya para jugar a la pelota. Los malos consejeros hablaron al rey al oído; los cortesanos murmuraron todos a una que Perseo estaba faltando al respeto a su rey y señor, y el gran rey Polidectes levantó la mano y le ordenó, con la voz austera y grave de la autoridad, que enseñase la cabeza al pueblo si no quería perder la suya. -Muéstranos la cabeza de Medusa o mando cortar la tuya. Perseo suspiró. -¡Ahora mismo! -repitió Polidectes-, o mueres. -¡Miradla, pues! -exclamó Perseo con voz que resonó como un clarín. Y alzó de repente la terrible cabeza. Ni un solo párpado tuvo tiempo de entornarse, y el rey
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