El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
res y cuidando a sus hijos. Muchos de los habi- tantes, de todos modos, corrieron a palacio a toda prisa y gritaron, se empujaron y se dieron codazos por afán de estar cerca de un balcón donde se veía a Perseo con el saco mágico y bordado en la mano. En una tribuna colocada frente al balcón esta- ba sentado el rey Polidectes, rodeado por sus malvados consejeros y sus aduladores cortesa- nos. Monarca, consejeros, cortesanos y pue- blo, todos miraban ansiosamente a Perseo. -¡Enséñanos la cabeza de la gorgona…! ¡Ensé- ñanosla! -gritaba el pueblo. Y había en sus gri- tos tal fiereza que parecían querer hacer peda- zos a Perseo si lo que había de enseñarles no los satisfacía-. ¡Enséñanos la cabeza de Medu- sa con la cabellera de serpientes! Un sentimiento de pena y de lástima sobreco- gió a Perseo. -¡Oh, rey Polidectes -exclamó-, y vosotros, pueblo: no quisiera mostraros la cabeza de la
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