El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

-Yo fui madre una vez -contestaba siempre Ce- res- y, habiendo criado a mi hija, sé lo que otros niños necesitan. Pero la reina Metanira, como era natural, sen- tía una gran curiosidad por lo que hacía exac- tamente con su hijo, y una noche se escondió en la habitación donde Ceres y el pequeño acostumbraban a dormir. La chimenea estaba encendida, y en ella ardían los restos de unos gruesos leños, ya convertidos en rescoldos y carbón al rojo vivo, aunque con llamas que chisporroteaban iluminando las paredes de un cálido tono rojizo. Ceres estaba delante del fuego con el niño en su regazo, y la luz de las brasas hacía bailar su sombra en el techo. Des- vistió al pequeño príncipe y lo roció con un fragante perfume que extrajo de un recipien- te. Atizó después los rescoldos y los empujó hasta el fondo del hogar, haciendo un hueco justo en su centro. Finalmente, mientras el niño seguía con sus balbuceos y daba palma- das con sus manos regordetas, sonriendo a su nodriza (exactamente como vosotros podéis

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