El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
agua caliente o fría, qué debía comer, a qué hora iba a salir a tomar el aire o cuándo tenía que irse a la cama. Casi no me creeríais si os contara lo rápidamente que el pequeño prínci- pe dejó de estar indispuesto y se convirtió en un niño gordito, sonrosado y fuerte, y cómo tuvo dos hermosas filas de dientes, blancos como el marfil, mucho antes que cualquier otro niño. En lugar de ser el diablillo más páli- do, escuchimizado y endeble del mundo (como su madre lo describía, cuando Ceres lo tomó a su cuidado), era ahora un niño robusto que no dejaba de hacer gorgoritos, de reírse y de ir alegremente de un lado para otro. Todas las buenas mujeres de la comarca acudieron a palacio y, echándose las manos a la cabeza, contemplaron asombradas la belleza y la loza- nía de su querido principito. Y su sorpresa fue aún mayor, pues nunca le habían visto probar bocado alguno; ni siquiera una taza de leche. -Por favor, nodriza -preguntaba la reina-, ¿cómo has hecho medrar a mi niño de ese modo?
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