El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

menos, le recomendara qué debía hacer con aquella criatura. -¿Me confiarías al niño? -preguntó Ceres. -Sí, y de todo corazón -repuso la reina-, siem- pre que dediques todo tu tiempo a él. Es fácil adivinar que has sido madre. -Es cierto -afirmó Ceres-. Hace tiempo tuve una hija. Bien, seré la nodriza de este pobre niño enfermo. Pero te aviso de que no quiero que te entrometas en su crianza. Yo juzgaré lo que es conveniente para él. Si no cumples esta promesa, el niño sufrirá las consecuencias de tu insensatez. Después besó a la criatura, que sonrió y se acurrucó en su regazo. Así fue como la madre Ceres depositó su an- torcha en un rincón (donde nunca dejó de arder) y se instaló en el palacio del rey Céleo como nodriza del pequeño Demofonte. Lo cuidó como si fuera su propio hijo, y no permi- tió al rey o a la reina decidir si lo bañaban en

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