El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
pre su aspecto juvenil. Ni le importaba su ves- timenta, ni se acordó de tirar las amapolas ya marchitas con las que había adornado su cabe- za la misma mañana en que Proserpina desa- pareció. Vagaba por el mundo tan desgreñada y andrajosa que la gente creía que había perdi- do el juicio, y nunca llegaron a imaginar que se trataba de la madre Ceres, responsable de todas las semillas que plantaban los labrado- res. Pero aquellos días lo cierto es que no se preocupaba de siembras ni de cosechas, de- jando que fueran los agricultores los que se ocuparan de ellas, y que los cultivos madura- ran o florecieran a su antojo. En aquellos días no había nada que llamara la atención de Ceres, excepto cuando veía a unos niños ju- gando, o recogiendo flores en los bordes del camino. Entonces, en efecto, se quedaba con- templándolos con lágrimas en los ojos. Los pe- queños también parecían compadecerse de su dolor, y la rodeaban, y la miraban preocupa- dos; y Ceres, dándoles a cada uno de ellos un beso, los acompañaba a casa y aconsejaba a
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