El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
Ceres dijo que no con la cabeza y se apresuró a partir con Hécate. Y Febo (que, como os he contado, era un poeta exquisito) empezó en el acto a componer una oda basada en la pena que sentía aquella pobre madre; y, si tuviéra- mos que juzgar su sensibilidad por esa hermo- sa obra, diríamos que su alma rebosaba una gran ternura. Pero, cuando el poeta cae en el hábito de usar las fibras sensibles del corazón para hacer cuerdas a su lira, puede tañer cuanto quiera sin sentir él mismo la menor pena. Así pues, aunque Febo entonaba una melodía muy triste, estaba tan contento como los rayos de sol entre los que transcurría su vida. La pobre madre Ceres estaba ahora al tanto de lo que le había ocurrido a su hija, pero no era ni una pizca más feliz que antes. Su caso, por el contrario, parecía más desesperado que nunca. Mientras Proserpina estuviera en la su- perficie de la tierra, podría haber esperanzas de rescatarla. Pero la pobre niña se hallaba en-
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