El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

guntó Ceres, juntando las manos y echándose a sus pies. -Bueno -dijo Febo, mientras seguía tocando la lira, como si quisiera poner música a sus pala- bras-, mientras la pequeña estaba cogiendo flores (y la verdad es que tiene un gusto exqui- sito para elegirlas), fue raptada por el rey Plu- tón y conducida a sus dominios. No he estado nunca en esa parte del universo, pero me han contado que el palacio real es realmente mag- nífico, pues ha sido construido con los mate- riales más espléndidos y costosos. Oro, dia- mantes, perlas y toda clase de piedras precio- sas serán los juguetes habituales de tu hija. Te recomiendo, mi querida señora, que no te in- quietes. El sentido de la belleza que tiene Pro- serpina será convenientemente satisfecho y, aunque el sol no llegue hasta allí, llevará una vida de lo más envidiable. -¡No, por favor! ¡No pronuncies esa palabra! - exclamó Ceres, indignada-. Dime, ¿qué hay allí que pueda hacer feliz a mi

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