El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

que hasta las serpientes emitieron un molesto silbido, y Hécate deseó muy sinceramente vol- ver a su cueva. Ceres se encontraba tan absor- ta en su pena que le daba exactamente lo mismo que sonriera o frunciera el ceño. -¡Febo! -exclamó-. Estoy en un gran apuro, y he venido a pedirte ayuda. ¿Podrías decirme qué ha ocurrido con mi hija Proserpina? -¡Proserpina! ¡Proserpina! ¿Era ese su nom- bre? -contestó Febo, esforzándose en recor- dar; porque discurrían por su cabeza tantas ideas agradables que siempre olvidaba lo su- cedido el día anterior-. ¡Ah, sí! Una niña en- cantadora, por supuesto. Me alegra informarte, mi querida señora, de que la he visto no hace muchos días. Puedes estar tranquila. Está a salvo, y en bue- nas manos. -¿Dónde se encuentra mi querida niña? -pre-

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