El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

era Hécate quien más se lamentaba; porque hay que recordar que su felicidad consistía en sentirse muy desgraciada, y hacía todo lo posi- ble por lograrlo. Después de un largo viaje, lle- garon al punto más soleado del mundo. Allí advirtieron la presencia de un hermoso joven, con cabellos largos y rizados, que parecían he- chos de rayos de sol; sus ropajes eran tan lige- ros como nubes de verano, y la expresión de su rostro tan alegre que Hécate se vio obligada a taparse los ojos con las manos, murmurando que habría sido preferible que el joven llevara encima un velo negro. Febo (que era la persona que buscaban) lleva- ba una lira en las manos y hacía vibrar sus cuerdas con una música de enorme dulzura, al tiempo que entonaba una delicada canción que había compuesto recientemente. Pues, además de otras muchas virtudes, era famoso por ser un poeta admirable. Cuando Ceres y su tétrica compañera se acer- caron a él, el joven sonrió tan amigablemente

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