El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

cional y que se llame a todos los súbditos de vuestra majestad para que vengan a contem- plar esta curiosidad maravillosa. ¡Me parece que pocos serán los que hayan visto una cabe- za de gorgona, y quizá nunca puedan volver a verla! Bien sabía el rey que todos sus súbditos eran haraganes rematados y aficionadísimos a es- pectáculos, como suelen serlo todas las gentes perezosas; así que siguió el consejo del joven y envió por todas partes heraldos y mensajeros para que tocasen la trompeta en las esquinas, plazas y mercados, y dondequiera se encon- trasen dos caminos, y llamasen a todo el mundo a la corte. Acudió, pues, gran multitud de personas inútiles y vagabundas que, por puro amor al mal, se hubieran alegrado muchí- simo de que Perseo hubiese sufrido algún daño en la lucha con la gorgona. Si algunas buenas personas había en la isla (yo quiero creer que las hubo, aunque la historia no dice nada de ellas), seguro que se quedaron tran- quilamente en casa atendiendo a sus quehace-

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