El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

que lo más prudente era salir corriendo, sin esperar a echar un segundo vistazo. Mientras la pareja caminaba sin consuelo, Ceres tuvo una idea. -Hay una persona -exclamó- que con toda se- guridad ha visto a mi pobre niña y podrá con- tarme lo sucedido. ¿Por qué no me habré acordado antes de él? Se trata de Febo. -¿Quién? -inquirió Hécate-. ¿El joven que se pasa la vida sentado al sol? Oh, no pienses en él. Es un muchacho alegre, ligero y frívolo, que solo piensa en sonreír. Y, además, hay tanta luminosidad a su alrede- dor que cegará mis pobres ojos, casi exhaustos de tanto llorar. -Me has prometido ser mi compañera -dijo Ce- res-. Ven, vamos rápido, o el sol se habrá es- condido, llevándose a Febo con él. Así es que se fueron a buscar a Febo, suspiran- do lastimosamente, aunque, a decir verdad,

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