El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

día tuviera que llegar), si me dejas un sitio para echarme en el suelo, sobre esas hojas secas o en la dura piedra, te enseñaré lo que es la auténtica infelicidad. Sin embargo, hasta que no sepa que Proserpina ha desaparecido de la faz de la tierra, no me permitiré ni un ins- tante de dolor. A la triste y lúgubre Hécate no le gustó la idea de pasearse por el mundo exterior y a plena luz del sol. Pero tuvo la certeza de que la pena de la desconsolada Ceres las envolvería en una oscura penumbra y que eso impediría al sol llegar hasta ellas con tanta claridad, lo cual le permitiría seguir disfrutando de su amargura como si se quedara en la cueva. Así pues, final- mente consintió en acompañarla; y las dos sa- lieron con sus antorchas, aunque era pleno día y el sol brillaba con intensidad. La luz de las antorchas formaba una nube oscura, y las per- sonas que se cruzaban con ellas no podían dis- tinguir bien sus figuras; y, desde luego, si era a Hécate a quien vislumbraban, con su tocado de serpientes en la cabeza, sin duda pensarían

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