El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

tiéndome por cierto muy desgraciada, en mi cueva, oí la voz de una niña chillando como si fuera presa de gran angustia. Puedes estar se- gura de que a esa criatura le ha ocurrido algo terrible. Por lo que puedo barruntar, un dra- gón o algún otro monstruo cruel se la ha lleva- do. -Es como si me mataras al decir esas palabras - se lamentó Ceres, sintiéndose desfallecer-. ¿De dónde venía el grito y qué rumbo pareció tomar? -Pasó muy deprisa -respondió Hécate-, y al mismo tiempo se oyó un gran estrépito hacia el este. No puedo decirte nada más, solo que, en mi opinión, jamás volverás a ver a tu hija. Tendrías que quedarte a vivir en esta caverna, donde seremos las dos mujeres más desdicha- das del mundo. -Todavía no, sombría Hécate -replicó Ceres-. Primero ven con tu antorcha y ayúdame a bus- car a mi hija perdida. Y, cuando no haya la menor esperanza de encontrarla (si ese aciago

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