El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
para hablar con esa lánguida Hécate -pensó la pobre Ceres-. Y seguiría siéndolo aunque ella se sintiera diez veces más triste de lo que nunca se ha sentido”. Así que entró en la cueva y se sentó en el col- chón de hojas secas al lado de la mujer con ca- beza de perro. Desde la pérdida de Proserpina, no había encontrado en el mundo otra compa- ñía. -¡Oh, Hécate! -dijo-, si alguna vez pierdes a una hija, comprenderás lo que es sentir dolor de verdad. Dime, por lo que más quieras, ¿has visto a mi pobre niña pasar por la entrada de tu cueva? -No, madre Ceres -contestó Hécate, con voz cascada y suspirando cada vez que pronuncia- ba un par de palabras-, no la he visto asomar- se por aquí. Pero has de saber que mis oídos son tan singulares que todos los gritos de an- gustia y terror del mundo entero encuentran su camino hacia ellos; y hace nueve días, sin-
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