El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

parecía sumida en la más negra penumbra. No tardó en advertir que había una antorcha en- cendida en su interior. Su llama parpadeaba y luchaba contra la oscuridad, pero era tan vaci- lante que no podía iluminar más que a medias aquella tenebrosa cueva. Como Ceres estaba decidida a buscar por todos los rincones, se asomó a la entrada de la cueva y la iluminó mejor, adelantando su propia antorcha. Creyó así vislumbrar una figura femenina, sentada sobre un gran montón de hojas secas que el viento había arrastrado hasta la cueva. La mujer (si realmente eso es lo que era) carecía de la belleza que suelen tener otros miembros de su sexo, ya que su cabeza, según me cuen- tan, era de forma parecida a la de un perro y, como adorno, llevaba un tocado de serpien- tes. Pero la madre Ceres, en cuanto la vio, comprendió que era una extraña criatura, que disfrutaba sintiéndose desgraciada y nunca di- rigía la palabra a ningún otro ser que no fuera tan triste e infortunado como a ella le gustaba. “Creo que ahora soy lo bastante desgraciada

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